Reflexión del mes: Sólo a Dios la gloria.

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“No somos nosotros, Señor, no somos nosotros dignos de nada. ¡Es tu nombre el que merece la gloria por tu misericordia y tu verdad!” (Salmo 115:1, RVC).

El salmista, hablando en plural, no como un simple vocero, sino como aquel que dirige el pueblo de Dios nos invita al acto fundamental de la vida de quienes somos creyentes, tal y como señala el Catecismo Menor de Westminster, “glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”. Dios no se compara a nada ni nadie. Ni a ídolos que no tienen poder (vv 4-7) ni mucho menos a nosotros, semejantes a esos ídolos inservibles e impotentes (v. 8), cuando ponemos la vista en nuestro ombligo, haciendo que todo en la vida gire en torno a nosotros, olvidándonos de Dios y de nuestro prójimo. El “no somos dignos de nada”, no es falsa humildad, ni simple balbuceo de una fórmula litúrgica que dicha mecánicamente parece un “abracadabra”. “No somos dignos de nada” es el reconocimiento de nosotros mismos ante la majestad, santidad, poder, justicia, amor, fidelidad del Dios Todopoderoso, vivo y real. Es Dios quien merece la gloria por quién es Él y por todos sus hechos, marcados por la misericordia y la fidelidad (esa es la idea de “verdad” en el hebreo). “No somos dignos de nada”, pero lo tenemos todo, porque cuando glorificamos a Dios marcados por la alegría de ser amados, teniendo la bendición de conocerle en la relación que Él dispuso y posibilitó con el sacrificio de su Hijo, y dotándonos de sentido y esperanza acrecentada por la guía constante del Espíritu que nos llena con su poder, no necesitamos nada más. En Cristo estamos completos (Colosenses 2:10).

“Soli Deo Gloria” era la expresión latina con la que firmaba sus partituras Johann Sebastian Bach, la misma que años después se transformó en uno de los cinco emblemas que sintetizaron las principales ideas de la Reforma Protestante, de la cual este año se celebran 500 años. Soli Deo Gloria es una declaración teológica, pero por sobre todas las cosas es un principio de vida, que cotidianamente debe ser aterrizado a la realidad. Soli Deo Gloria en el culto que no está centrado en emociones ni en nosotros mismos, como si fuese un producto a consumir, sino que por el contrario basándose en la Palabra y con una espiritualidad gozosa y celebrativa, adora a Dios en espíritu y en verdad. Soli Deo Gloria, en la predicación que no busca la fama ni el palmoteo en el hombro, sino que se goza en la proclamación fiel del evangelio y en que la gente salga hablando más de Cristo que de la elocuencia florida del expositor de turno. Soli Deo Gloria en la lectura y escucha ávida de la Biblia, de la enseñanza y la predicación, porque todo eso es alimento para nuestra vida. Soli Deo Gloria, en la misión, porque ella es de Dios, porque nos incluye en ella por gracia, y porque su finalidad es que de todos los pueblos de la tierra vengan personas a adorarle por medio de la acción que el Espíritu Santo hará en sus vidas. Soli Deo Gloria, en el matrimonio que vive los mandatos para esposos de amar a sus mujeres y para esposas de respetar a sus maridos. Soli Deo Gloria, en los padres y madres cuyo clamor de “a mis hijos los educo yo” es más que un eslogan vacío de sentido, sino una realidad, haciendo del hogar el primer centro de discipulado, en el que desde la más temprana infancia los vástagos de la familia son llevados a Cristo. Soli Deo Gloria, en tu trabajo hecho con dedicación, excelencia, responsabilidad y con distintivo cristiano, llevando alegría y edificación para los demás. Soli Deo Gloria, en la agenda de tu vida controlada hasta el final por el Señor que la da y la quita. Soli Deo Gloria es algo que se dice, y debe decirse con mucha fuerza. Soli Deo Gloria es algo que se vive. Es parte de la Reforma que no sólo debemos celebrar en sus 500 años, sino vivir hoy, mañana y hasta que el Señor venga.

¿Es Soli Deo Gloria el principio rector de tu vida? ¿No lo es? ¿Qué esperas para arrepentirte, mostrar ante Dios tu vulnerabilidad y mendicidad perpetua ante Él? ¿Por qué no comienzas orando con la ayuda de tu Biblia, dicendo “No somos nosotros, Señor, no somos nosotros dignos de nada. ¡Es tu nombre el que merece la gloria por tu misericordia y tu verdad!”?

En Cristo, Luis Pino Moyano.

 


 

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